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El Juego/ES

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< El Juego | Redirected from El Juego

Note/ Nota:

This story isn't as long as it appears; there is an english version below the spanish.

Esta historia no es tan larga como parece, hay una versión en Inglés por debajo del español.

The pasta

Hacía un mes Mi Amigo y yo habíamos hecho una apuesta: él aseguró que era incapaz de reprimir mi obsesión por las apuestas, yo afirmé rotundamente que podía dejar tan reprochable vicio cuando quisiera. En caso de que él tuviera razón, debía pagarle un euro; por el contrario, si estaba yo en lo cierto, sería yo quien recibiría el dinero. La apuesta era válida hasta pasada la noche del treinta y uno de octubre; eso es, Halloween, la prueba definitiva de que era capaz de controlarme. Mi Amigo sabía mejor que yo mismo que iba a requerir un gran esfuerzo por mi parte el rehusar participar en la apuesta más fascinante de todo el año, preparada, únicamente para aquella macabra noche por un grupo de adictos a lo que llamábamos El Juego. Éste consistía en elegir a uno de nosotros, por sorteo; el afortunado estaba obligado a asesinar al primer niño que llamara a nuestra puerta. El reto era acertar si se atrevería o no a hacerlo.

Nunca imaginé que mi vida valiese un euro, una careta de Freddy Kruegger y un mes de alcohol, tabaco y putas. Antes de morir, el rostro de Mi Amigo se torció en una macabra mueca, lo que parecía ser un intento de sonrisa. Con voz débil, susurró: Los otros tres permanecieron inmóviles, la sorpresa reflejada en sus rostros, pero no osaron socorrerlo. Poco a poco, comenzaban a asimilar que, por primera vez, yo había vencido. Ellos ignoraban los sucesos acaecidos desde la apuesta con Mi Amigo. No sabían cuántas penurias había tenido que pasar, así que decidí que lo comprendiesen de la manera más brutal que podía concebir: matando a Mi Amigo. Así con fuerza un objeto contundente, de hierro, próximo a mí y, antes de permitirle reaccionar, le golpeé en la cabeza con tanta rabia que no tardó en chorrear la sangre cual fuente de orina. Murió. Y Gané ambas apuestas. Y lo que es más importante, mi amigo se equivocó. Su error fue mi triunfo, el primero sobre él. En aquel momento, me explicaron que la innovación de El Juego era matar, en lugar de al niño de turno, a Mi Amigo. Es imposible describir la gran sorpresa que me causó esta revelación.

Lo miré y en su rostro vi una de sus maliciosas y desquiciantes sonrisas. Otra de sus bromas pesadas, pensé. Obviamente, nadie, ni siquiera yo mismo, pensaba que me atrevería a hacerlo; una mala pasada para reírse de mí. De hecho, incapaces de contenerse, ya oía yo sus carcajadas, las de los tres (el obeso nunca reía), resonando en mi cabeza como cantos diabólicos. Sin darme tiempo a responder o reaccionar siquiera, el drogadicto dio media vuelta y se unió al grupo. “Todo se reduce a lo mismo: simple y pura adicción. El resto es pura mentira, pura hipocresía. Sólo es pura adicción, pero le dan éste u otro nombre según concuerde o no con los valores que predican. No te dejes enredar por esas mentiras. “Piensa en esa gente integrada y decente. ¿Crees que ellos no son adictos a sus leyes y a su sociedad?

Claro que lo son. Cuando uno de ellos depende de algo, si esa adicción es beneficiosa para los demás, la llaman "dedicación" y aseguran que ese adicto es una persona generosa y comprometida con la sociedad. Pura mentira. Cuando uno de nosotros, por el simple hecho de no compartir sus valores, se entrega a algo, entonces lo llaman "vicio". Pura mentira. Entre ambos conceptos se halla la "obsesión". Se denomina "obsesos" a aquellas personas, que, aunque no realizan tareas beneficiosas para los demás, tampoco perjudican. Pura mentira. -Amigo, esto que haces no tiene sentido. Deberías dejar de torturarte de esta manera. Mírame a mí; soy adicto a las pastillas, y lo admito, y lo acepto. ¿Por qué? Porque no hay nada de malo en ello; me "ayudan a funcionar" igual que a ti te ayudan las apuestas

. Es un estilo de vida. No puedes cambiar lo que eres. Pero, puesto que no deseo irme por las ramas, regresemos al momento de la acción. Cuando llegamos a la casa donde nos reuníamos habitualmente, Pedro me apartó un momento de los otros y, no sin antes tomarse un par de pastillas, me dijo: No obstante, he de señalar que aquella noche la idea que tenía de él era muy diferente; le profesaba un gran respeto, y no sólo por las leyendas que circulaban sobre él, sino porque se esforzaba en que así fuera. Cada gesto, cada movimiento, cada palabra... todo estaba calculado para provocar un efecto determinado en los demás.

Su mente cuadriculada preveía las consecuencias de sus actos antes de ejecutarlos y sólo así podía mantener viva su leyenda. Por último, estaba Mi Amigo. Nadie conocía su nombre real y, en verdad, nadie se preocupó jamás de preguntárselo o averiguarlo por otros medios. Le aceptábamos tal como era por su inteligencia y capacidad de manipulación. Aún siendo nosotros los manipulados no podíamos reprochárselo, pues a menudo era mejor antidepresivo que las pastillas de Pedro, el drogadicto, y sus bromas pesadas siempre resultaban ser, finalmente, inofensivas. Poseía mayor ingenio que el resto del grupo junto y esta cualidad más de una vez nos libró de situaciones peliagudas. Además, de nada sirve negar la fascinación que despertaba en nosotros su personalidad, a excepción, claro, de en el obeso, Andrés, incapaz de fascinarse por nada. Incluso lo obsesivo y retorcido de su comportamiento nos apasionaba.

Reflexionando ahora que poseo una visión más objetiva, o al menos no tan subjetiva, creo que, al contrario de lo que nos parecía entonces, ninguno del grupo lo conocía de verdad. Curiosamente, el tiempo lo ha desmitificado. Los días en que lo creíamos el hombre más siniestro que habíamos conocido se han esfumado y lo lejano de aquellos sucesos me permiten considerarlo uno más del grupo, y no el líder o el más peligroso. Sólo era un hombre que jugaba a ser un dios.

Pedro, el drogadicto, era propenso a las pastillas; ignoro cuántas tomaba al día, pero sé que consumía más de las que confesaba, y lo hacía, según sus propias palabras, porque "le ayudaban a funcionar". En verdad, esta afirmación, en apariencia descabellada, cobraba sentido al verlo actuar en el día a día. Para cada acción que emprendía, incluso una tan sencilla como dormir o ducharse, tomaba una pastilla, como una pila que necesita energía para funcionar.

Era una persona muy alegre, incapaz de permanecer tranquila, de estar enojada o triste, debido, sospeché siempre, a los antidepresivos que consumía, por lo que muchas veces íbamos a visitarlo cuando la vida se ponía cuesta arriba. Sin embargo, esta jovialidad innata lo hacía poco apropiado para tratar cuestiones delicadas, solucionar problemas o provocar enfrentamientos, actividades frecuentes en un barrio como el nuestro. Algunos incluso lo tachaban de cobarde por esta pequeña debilidad, que, desde mi punto de vista, compensaba sobradamente con su simpatía. Acudieron a recogerme los cuatro amigos de siempre: Andrés, el gordo, a quien ya he presentado; Pedro, el drogadicto; Jorge, el llorón, a quien el lector ya recordará; y, por supuesto, omnipresente, rostro burlón, sonriente, Mi Amigo, el de la apuesta. Fui incapaz de negarme cuando mis amigos llamaron a la puerta, casi suplicándome, argumentando que yo, fundador y máximo promovedor de El Juego, no podía faltar.

También fui incapaz de rechazar cuando insistieron en que jugara. Andrés, el obeso, me dijo, o más bien insinuó, que ese año habría novedades, apasionantes nuevos retos, más estimulantes si cabe que los viejos. Al fin llegó Halloween, la temida fecha. Esa mañana desperté con una extraña sensación de congoja y alivio a la vez. Sentía que toda mi existencia giraba en torno a ese día y no había nada más.

El todo o nada. La victoria o la derrota. No estaba seguro de cuál me convenía más, pero tampoco tenía sentido divagar sobre ello; pasase lo que pasase, ya no tenía alternativa, los senderos posibles se habían reducido a uno solo: esa noche. Por suerte para mí, no era ese día en el que se cumpliría al fin nuestra predicción. Pude intervenir y poner fin de manera pacífica a la disputa. O así fue en apariencia, al menos, pues Andrés se encolerizó conmigo por haber dado crédito a las, según él, falsas acusaciones de los alemanes. De vuelta a casa, profirió cientos de amenazas y promesas sobre lo que les sucedería a esos mentirosos si se cruzaba con ellos por la calle. No le presté demasiada atención a sus divagaciones, hastiado como estaba, pero la discusión había devuelto a mi sangre las ansias de apostar y la fiebre del juego recorría mi cuerpo.

Con mayor fuerza todavía, el vicio me tentaba, como si cada acción que emprendía fuera una etapa cuyo desenlace sería el descenso a los infiernos. Primero el alcohol y las putas, después el cura y el niño, ahora Andrés y las apuestas; prueba tras prueba, cada una de ellas, por mucho que pareciera servirme como medio de evasión, me empujaban hacia El Juego, la prueba definitiva y con toda seguridad la razón de mi fracaso. Lo intuía, pero no podía evitarlo. Los alemanes resultaron ser una gente muy pacífica, pero el trato con Andrés siempre era complicado, y más al ser ellos nuevos en el barrio. Todavía no estaban al corriente de la mala leche de mi amigo y de sus pequeñas trampas, que los demás aceptábamos ya por costumbre.

A menudo le advertíamos que intentará reprimirse con los extraños, pero él no temía ni respetaba a nadie, casi podría decirse que disfrutaba provocando y buscando el peligro. En el fondo, todos estábamos convencidos de que algún día moriría en una reyerta, incluso compartimos nuestras preocupaciones con él en más de una ocasión. De nada sirvió. Me propuso acompañarlo a una cita con un grupo de alemanes, nuevos en el barrio, en los que no confiaba. Le pregunté por qué, en ese caso, apostaba con ellos; pero no respondió. Lo hacía a menudo. Pese a su pesimismo absoluto ante lo que la mayoría de la gente llama amistad, a menudo pedía tu confianza ciega en relación a ciertos asuntos. En un principio, debido a mi abatimiento, me negué, por lo que, a modo de venganza, instaló su oronda masa corporal en mi sillón y aseguró que no desalojaría hasta ver cumplidos sus deseos.

Temiendo por la integridad de mi mueble predilecto, no me quedó más opción que acceder a su ruego, aún después de protestar y amenazarlo. Así, pues, mi grueso compañero y yo nos sumergimos en un mar de pestilentes aguas, hogar de la basura ciudadana de nuestra modélica urbe, ese lugar que era el único capaz de proporcionarnos seguridad. Más allá de sus fronteras, se hallaba un mundo peligroso y desconocido del que nada deseábamos saber. Aquella noche, sumido ya en la más absoluta desazón, me visitó un amigo: Andrés.

Andrés era un tipo gordo, patoso y bocazas que detestaba el ejercicio físico y mental. Entendía la vida como algo odioso de lo que debía huir; su pesimismo le había conducido a la marginación y a los vicios, que para él no eran placer, sino alivio y evasión, la única manera de escapar del horror que suponía su vida. En su trato con las personas era huraño, mezquino, pues definía la amistad como un estado cercano a la estupidez en el que sólo se dejan atrapar los tontos y los ingenuos. A pesar de ello, seguía participando en El Juego como uno de los miembros más activos, aunque, eso sí, puesto que solía perder, aportaba más penas y quejas que alegrías. Comenzaba a preguntarme si todo aquello tenía algún sentido. Sabía que era presa de mi vicio y sabía que era absurdo, pero ahora más que nunca dudaba de si merecía la pena librarme de él.

Requería demasiados sacrificios. Y además, ¿qué ganaba con ello? Todo cuanto tenía y me importaba giraba en torno a ese mundo. Si me alejaba de ello, sólo quedaba partir de cero, empezar una nueva vida entre esa gente sumisa, tan adicta a su sociedad como yo a mi pasión. ¿Y ahora qué? Sentía crecer el ansia en mi interior; había fracasado el intento de abandonarme a los vicios y había fracasado, también, el de escapar de los ambientes sórdidos por los que solía remolonear. Era como si el destino me empujara hacia lo inevitable. Cuanto más intentaba dominarme, más hondo caía, más negro se hacía el agujero en que me hallaba inmerso. Cada método por el que apostaba, me conducía al hastío y me sumergía de nuevo, y con mayor intensidad, en el pozo del deseo. Cuando se marchaba, por poco tropezó con un niño afanado en entretener a su perro.

El chiquillo parecía haberse confabulado con el cura para amargarme la mañana: se arrastraba por el suelo; profería gritos dañinos para los tímpanos; gesticulaba de manera exagerada; y reía falsa y tontamente; todo ello, como piezas de un mismo puzzle, componía un cuadro vergonzoso que ponía de manifiesto un carácter de una debilidad alarmante y cómico hasta el ridículo. Resultaba irritante, por lo que me vi obligado a huir de aquel lugar antes de decirle cuatro verdades al mocoso. Yo de niño no era así. No le debí caer simpático, pues dio media vuelta y se alejó por donde había venido, murmurando no sé qué perorata religiosa. Una cosa de muy mal gusto. Costumbre de los perros de Dios. -Entonces le envidio, padre. Violaciones, asesinatos, guerras...

Dios se lo debe pasar de puta madre en el cielo. -Él siempre vela por nosotros. -¿Usted cree que nos observa? -Pero aún estás a tiempo de arrepentirte y entregarte a Dios. Él predica el perdón. Además, que estés aquí, que te hayas presentado ante mí para que poder acercarte a Él dice mucho en tu favor. -Yo peco mucho, padre. Los curas, como los perros, tienen un olfato muy desarrollado para detectar los problemas y distinguir a los hombres perdidos en la senda del pecado. A ello, probablemente, debo atribuir el moralizante y enérgico sermón con que tuvo a bien obsequiarme. No obstante, allí delante del que, en teoría, era un modelo a seguir en esta nueva y virtuosa vida que me proponía llevar, me comenzó a inquietar la dura tiranía del aburrimiento y el hastío; poco a poco, retornaron a mí las reflexiones del día anterior y sentí que estaba siendo engañado por aquel falso santo.

Decidí cortar por lo sano: -Luego vendrás a confesarte, hijo mío -le dijo a un niño.- Ahora ve a crear lazos de amistad con los buenos cristianos. Salí a la calle y sentí que me embargaba la euforia de un hombre contento y feliz porque sabe que va a prestar ayuda de manera incondicional y está en armonía consigo mismo. Me sentía renovado por un insólito optimismo. En el parque, entre el griterío de niños revoloteando, joviales, vislumbré una figura que se paseaba repartiendo amor, conversando con éste o con aquél, inculcando en sus mentes el bien del virtuoso y la palabra de Dios. Al acercarme al buen cura, el hombre me miró con desconfianza, debido, supongo, a mi mezquino aspecto; pero, puesto que hice gala de buenos modales, suavizó la expresión de su rostro y se mostró afable. Sin embargo, y aunque no desee admitirlo, tal vez aquellas duras palabras provocaron un efecto inesperado en mí, pues a la mañana siguiente desperté con la horrible sensación de que mi vida andaba desencaminada.

Se apoderó de mí un vago sentimiento de terror, que, conforme transcurría el día, se fue concretando en una sensación de desamparo y soledad. Me percaté de que apenas podía controlar mis ansias de apostar y, como iluminado por una nueva luz que me guiaba, deseché las reflexiones de las anteriores semanas y me prometí convertirme en un hombre recto, con un trabajo decente, amante de mi hermana, la humanidad, y solidario con los necesitados.

Debía predicar el amor al prójimo. El caso es que el llorón debió pensar que aquella era la oportunidad idónea para olvidar nuestras diferencias y decidió llevarme a conocer a unas "amigas suyas", a las que, según sus propias palabras, tenía en alta estima. Vagabundeamos gran parte de la noche hasta encontrarlas y realmente lamenté que finalmente lo lográsemos. Traté de hablarles sobre mi teoría de la marginación y las adicciones, pero no parecían comprender ni una palabra; y cuando al fin conseguí que comprendiesen, tuvieron la osadía de decirme que no compartían mis ideas. Es más, convencidas de que intentaba justificar mis vicios, me preguntaron si era "yonqui". Esta acusación, pues tal ofensa sólo puede considerarse como tal, me irritó profundamente y me marché sin importarme la sorpresa de las dos mujerzuelas.

El llorón me suplicó que me quedara, viendo cómo su posibilidad de enredarme fracasaba; pero le ignoré. De camino a casa, me poseyó la necesidad de enterrar en el olvido la humillación que acababa de sufrir, y sentí un ansia terrible de apostar. Mantenía aventuras sexuales, que él llamaba romances, con prostitutas y millonarias sin sentir aparente predilección por ninguna de ambas clases de mujeres, aunque yo siempre intuí que con las ricas podía interpretar mejor su papel de llorón sumiso y complaciente. De estas relaciones, una vez terminadas, surgía la tragedia en forma de llanto descontrolado y repulsivo, propio de un culebrón televisivo. Un chico insoportable.

Una noche vino a verme uno de los adictos a El Juego: Jorge, el llorón, con quien personalmente nunca trabé mucha amistad. Se puede decir que había cierta tensión entre nosotros, acentuada por lo reducido de nuestro grupo; de ser posible, evitábamos pedirnos favores. Su actitud débil y sumisa me irritaba; se refugiaba siempre tras alguien fuerte que pudiera protegerlo, como un perro fiel a su amo, a diferencia de que su fidelidad no resultaba ser tal. Mi mayor temor era que, en un momento de descuido, encontrara a alguien más útil para satisfacer sus necesidades y nos diera la puñalada trapera. Llegué incluso a instar a Mi Amigo para que se deshiciera de él, pero éste, como un padre atento, era quien ejercía de señor y protector de la débil criatura; en ocasiones también Andrés desempeñaba esa función, mas, como en él se podía confiar aún menos, el llorón solía buscar cobijo en Mi Amigo. Una de las prostitutas con las que me relacioné me narró una breve historia que ilustra a la perfección esta idea de la liberación e independencia del repudiado.

Mientras ella y una compañera buscaban clientes, pasó por su lado una mujer gorda, vestida con elegantes ropajes y suntuosas joyas, y acompañada, o más bien escoltada, por dos hombres jóvenes y apuestos. La oronda mujer le dirigió una mirada de repugnancia y reproche, se aferró con fuerza a sus acompañantes y huyó de allí tan rápido como sus pesadas carnes le permitieron. Esto es algo que nunca podría sucederme a mí, porque yo no dependo de ellos ni me preocupo por causarles una buena impresión; sin embargo, ellos, la gente acomodada e integrada, viven siempre de la apariencia, de cara a la vida pública. Y dependen mucho de nosotros; los hay incluso que sienten compasión por los solitarios lobos de las cloacas. Este pensamiento alentador se convirtió en mi Biblia durante las dos primeras semanas del suplicio.

El otro vicio que escogí como sedante para mi ansia, los prostíbulos, también cumplieron su función, al menos durante un cierto tiempo. El sexo me agotaba. Además, siempre quedaba en la recámara el recurso de hablar con las prostitutas, actividad que me proporcionó horas de agradable evasión y me ayudó a comprender que las penalidades que estaba sufriendo no respondían al capricho del destino sino a una necesidad lógica, fortalecedora. Compartir mi tiempo con otras personas marginadas por la sociedad me aproximaba a la comprensión: ellos eran los enfermos, los adictos, no nosotros. Nosotros dependíamos de nuestros placenteros vicios, ellos de sus represoras leyes.

¿Quién necesita la felicidad de una vida controlada por otros y de fingido orden pudiendo someterse a la banalidad del placer fugaz y adictivo? Emborracharme era, sin duda, el mejor modo de huir de esa exigencia.

Cuando bebía podía evadirme y no pensar en mi anhelo profundo. El tabaco, por el contrario, no funcionaba. No me relajaba ni servía como fuga, ni siquiera me causaba placer, sino que su olor me resultaba molesto y me provocaba irritación, induciéndome a un proceder mezquino y violento. Poco faltó para que me enzarzara en una pelea con mi amigo cuando vino a visitarme; quería persuadirme para que faltara a mi palabra, por lo que mi reacción no fue precisamente modélica. Antes no perdía así los nervios. Yo, en verdad, era una persona muy tranquila y pacífica. El asesinato sólo me estimulaba si había apuestas de por medio; si no era así, escapaba a mi comprensión los motivos que impulsaban al crimen, no entendía el por qué de ese acto de locura y desesperación.z

Como es lógico, acepté la apuesta. Con tal de ganarla y conseguir el preciado euro de premio recurrí al eficaz método de abandonarme a los vicios para olvidar mi obsesión. Me entregué al tabaco, al alcohol y, para contrarrestar con un poco de ejercicio los efectos nocivos de los citados vicios, también me aficioné a los burdeles. Dejarme dominar por esos vicios, o placeres, según se mire, era fácil, pero no estimulante; gozoso, mas breve; perseguía yo un ritmo de vida alocado, basado en la simplicidad y la fugacidad del momento. No obstante, me acosaba constantemente la necesidad de ponerme a prueba, de excitarme y apasionarme como sólo era capaz apostando. No entiendo muy bien qué pretendía mi amigo con aquello.

¿Vencer al vicio por medio del vicio? No sé. A mí se me antojaba muy extraño, pero nunca se me ha dado muy bien pensar. Él era más inteligente que yo, siempre lo había sido, y a menudo lo había usado en mi contra; mas no se lo reproché en ninguna ocasión. Éramos un equipo; él la cabeza, yo el cuerpo. La razón y la fuerza.

English version

A month ago my friend and I had made a bet: he said he could not suppress my obsession with gambling, I stated flatly that he could leave whenever I wanted so reprehensible vice. If he was right, had to pay one euro, on the contrary, if I was right, I who would receive the money. The bet was valid until after the night of Oct. 31, that's, Halloween, the ultimate proof that he could control me. My friend knew better than myself that would require a great effort on my part to refuse to participate in the most fascinating bet all year, prepared only for that grim night by a group of addicts to what we called The Game. This was to elect one of us, by lottery, the lucky one was required to kill the first child to call our door. The challenge was to ascertain whether or not dare to do so.

I never imagined that my life were worth a dollar, a mask of Freddy Krueger and a month of alcohol, snuff and whores. Before he died, my friend's face twisted into a grim face, which seemed to be an attempt to smile. In a weak voice, he whispered: The other three stood motionless, the surprise in their faces, but dared not help him. Gradually, they began to assimilate, for the first time, I had won. They ignored the events from the bet with my friend. They did not know how many hardships had been through, so I decided that I would understand the most brutal way he could imagine: killing My Friend. So hard a blunt, iron, next to me and, before allowing to react, I hit him in the head with such rage that soon the blood gushed out which source of urine. He died. And I won both bets. And more importantly, my friend was wrong. His mistake was my victory, the first on it. At that time, I explained that innovation was to kill the game, rather than the child of turn, My Friend. It is impossible to describe the surprise that I caused this revelation.

I looked in his face and saw one of his malicious and unsettling smiles. Another of his jokes, I thought. Obviously, no one, including myself, thought I would do it, a trick to make fun of me. In fact, unable to contain himself, and I heard their laughter, the three (the obese never laughed), ringing in my head as diabolical songs. Before I could even respond or react, the drug addict turned and joined the group. "It comes down to the same: simple and pure addiction. The rest is a lie, pure hypocrisy. Only pure addiction, but give this or any other name as is consistent or not with the values ​​they preach. Do not get tangled in those lies. "Think of those people built and decent. Do you think they are addicted to their laws and their society?

Of course they are. When one of them is up to something, if that addiction is beneficial to others, called "dedication" and ensure that the addict is a generous and committed society. Lie. When one of us, simply do not share their values, is given to something, then call it "vice". Lie. Between the two concepts is the "obsession". It is called "obsessed" to those who, although not perform tasks beneficial to others, not hurt either. Lie. Friend, that you do not make sense. You should stop torturing yourself this way. Look at me, I'm addicted to pills, and I admit, and I accept it. Why? Because there is nothing wrong with that, I "help run" just like you help you bets.

It's a lifestyle. You can not change who you are. But since I do not want to go around the bush, back to the time for action. When we reached the house where we met regularly, Pedro took a moment to another, and not before taking a couple of pills, he said, "However, I note that that night the idea I had of him was very different" he professed great respect. "not only by legends circulating about him, but because he strove so be it."

Every gesture, every movement, every word, everything was calculated to provoke a certain effect on others.

Its expected squared mind the consequences of their actions before executing them and only then could keep his legend alive. Finally, there was My Friend. Nobody knew his real name and, indeed, no one ever bothered to ask or find out by other means. We accepted him as it was for his intelligence and workability. Even as we could not blame manipulated, as it often was better antidepressant pills. Pedro, the drug addict, and his jokes were always be ultimately harmless. He had more wit than the rest of the group together and this quality more than once saved us from tricky situations. Furthermore, it is useless to deny the fascination aroused in us his personality, except, of course, in the obese, Andrew, unable fascinated by anything. Even the twisted, obsessive behavior we loved.

Looking back, I own a more objective view, or at least not so subjective, I think, contrary to what we thought then, none of the group really knew him. Interestingly, the time has demystified. The days when we thought the man we had known more sinister are gone and far from those events I may consider one of the group, not the leader or the most dangerous. It was just a man who pretended to be a god.

Pedro, the drug addict, was prone to the pills, I do not know how many took the day, but I know that consuming more than they confessed, and did, in his words, because "they helped to work." Indeed, this statement apparently crazy, made sense to see him perform in day to day. For every action he undertook, even one as simple as sleeping or showering, taking a pill, like a battery that needs energy to function.

He was a very happy person, unable to remain quiet, to be angry or sad, because I suspected always, antidepressants consuming, so we went to visit him many times when life is putting uphill. However, this innate cheerfulness made him ill suited to address sensitive issues, solve problems or cause confrontations, common activities in a neighborhood like ours. Some even branded him a coward for this little weakness, which, in my view, amply compensated for your sympathy. They came to pick the four old friends: Andrés, fat, whom I have already submitted, Pedro, the addict, George, the weeping, whom the reader will remember, and, of course, omnipresent, mocking face, smiling, My friend of the bet. I could not say no when friends knocked on the door, almost pleading, arguing that I, founder and promoter of the game, could not miss.

Also I could not refuse when they insisted that play. Andrew, the obese, he said, or rather insinuated, that this year would have new, exciting challenges, more exciting even than the old. Halloween came at last, the dreaded date. That morning I awoke with a strange sense of grief and relief at once. I felt that my whole life turned around that day and there was nothing else.

The all or nothing. The victory or defeat. I was not sure what suited me more, but no sense ramble about it, no matter what happened, he had no alternative possible paths were reduced to one: that night. Luckily for me, it was that day which fulfilled our prediction at last. I was able to intervene and put an end to the dispute peacefully. Or so it was apparently at least as angry Andrew for giving me credit for, he said, false accusations of the Germans. Back home, uttered hundreds of threats and promises about what would happen to those liars if he passed them on the street. I did not pay much attention to his ramblings, tired as he was, but the discussion had returned to my blood craving for gambling and gambling fever through my body.

With still greater force, vice tempted me, as if every action he undertook was a stage whose outcome would be the descent into hell. First, alcohol and prostitutes, then the priest and the boy, now Andrew and betting; test after test, each of them, however much they seemed serve as a means of escape, pushing me into the game, the ultimate test and Surely the reason for my failure. Sensed, but could not help it. The Germans proved to be a very peaceful people, but the deal with Andrew was always complicated, and more when they are new to the neighborhood. Were not yet aware of the bad temper of my friend and his little traps, and others we accepted custom.

He often warned that attempt to hold back with strangers, but he did not fear nor respect for anyone, one could almost say that he enjoyed taunting and looking for danger. Basically, we were all convinced that one day die in a fight, even shared our concerns with him on more than one occasion. In vain. I proposed to accompany him on a date with a German group, new to the neighborhood, which did not trust. I asked why, if so, gambled with them, but did not answer. He did it often. Despite his pessimism all to what most people call friendship, often called your blind trust in relation to certain matters. Initially, because of my misery, I refused, so, by way of revenge, set up his plump body mass in my chair and said he did not vacate until she reached her wishes.

Fearing for the integrity of my favorite piece of furniture, I had no choice but to accede to his request, even after complaining and threatening. So my partner and I thick we dive into a sea of ​​stinking water, household waste exemplary citizen of our city, that place was the only one able to provide security. Beyond its borders, was a dangerous and unknown world of all wanted to know. That night, and plunged in utter dismay, I visited a friend, Andrew.

Andrew was a fat, clumsy and loudmouth who hated physical exercise and mental health. He understood life is hideous what to flee, his pessimism had led to the marginalization and vices, which for him were not pleasure but relief and escape, the only way to escape the horror that meant his life. In dealing with people was sullen, mean, as defined friendship as a state close to stupidity in which only fools get caught and naive. However, still playing the game as one of the most active members, but, yes, because I used to lose, brought more grief than joy and complaints. He began to wonder if all this made some sense. I knew it was prey to my vice and I knew that was absurd, but now more than ever doubted whether it was worth to get rid of him.

It required too many sacrifices. And besides, what was up with that? All that mattered was and I was around that world. If I walked away from it, was only from scratch, start a new life among the people submissive, so addicted to their society like me in my passion. Now what? I felt the desire to grow within me, and the attempt to abandon the vices and had failed also to escape the sordid environments used by those who linger. It was as if fate pushed me towards the inevitable. The more I tried to control myself, falling deeper, more black hole was made when I was immersed. Each method of the betting, led me to boredom and I sank again, and with greater intensity in the pit of desire. When he left, nearly tripped over a child striven to entertain your dog.

The boy seemed to have conspired with the priest to embitter the morning dragged on the ground, uttering cries damaging to the eardrums, gesturing in an exaggerated, and false and foolishly laughing, all as part of the same puzzle, composed a picture shameful that showed a weakness in character alarming and comical to the ridiculous. It was irritating, so I was forced to flee the place before you tell the brat four truths. Child I was not. I must have fallen Do not sympathetic, then turned and walked away he had come, muttering not know what religious rant. One thing in bad taste. Custom of the dogs of God. 'Then I envy you, Father. Rapes, murders, wars.

God he must lay his ass in the sky. -He always watches over us. - Do you think we see? 'But there's still time to repent and surrender to God. He preaches forgiveness. Also, you're here, you've presented to me to be able to get close to him says a lot in your favor. -I sin much, father. The priests, like dogs, have a highly developed sense of smell to detect problems and distinguish the men lost on the path of sin. To that, probably, I attribute the strong moralizing sermon that was good enough obsequiarme. However, there in front of that, in theory, was a role model in this new and virtuous life that I intended to go, I began to worry the hard tyranny of boredom and disgust, slowly returned to me the reflections of day before and felt I was being deceived by this false saint.

I decided to cut their losses, 'Then you come to confession, my son told a child. - Now go to create bonds of friendship with the good Christians. I went out and felt the euphoria came over me a happy man and happy because he knows that will assist unconditionally and is in harmony with itself. I felt renewed by an unlikely optimism. In the park, amid the shouts of children hovering, jovial, I saw a figure moving about spreading love, talking with him or with him, instilling in their minds the good of the virtuous and the word of God. As I approached the good priest, the man looked at me with suspicion, because, I suppose, I mean look, but since I made displaying good manners, softened the look on his face and was friendly. However, even if you do not want to admit it, maybe those hard words provoked an unexpected effect on me because the next morning I awoke with a horrible feeling that my life was walking misguided.

It took me a vague feeling of terror, which, as the day wore on, took shape in a feeling of helplessness and loneliness. I realized that I could hardly control my urge to gamble and, as illuminated by a new light that guided me, I dismissed the thoughts of the previous weeks and I promised myself becoming a straight man with a decent job, loving my sister, humanity, and for those in need.

He must preach the love of neighbor. The fact is that the crying must have thought that this was the ideal opportunity to forget our differences and decided to take me to learn about "her friends", which, in his words, held in high esteem. We wandered much of the night to find and really sorry that we could succeed eventually. I tried to tell you about my theory of alienation and addiction, but did not seem to understand a word, and when he finally got them to understand, had the audacity to tell me who did not share my ideas. Moreover, convinced that trying to justify my vices, I questioned the "junkie". This charge, for such offense may be regarded as such, deeply irritated me and left without caring about the surprise of the two sluts.

The weeping begged me to stay, watching his chance to entangle failed, but he ignored it. On the way home, I owned the need to bury in oblivion the humiliation he had suffered, and felt a terrible urge to bet. Maintained sexual adventures, which he called romances, with prostitutes and millions without feeling apparent predilection for any of the two kinds of women, but I always sensed that the rich could better interpret their role as submissive and compliant weeping. From these relations, once completed, the tragedy came in the form of uncontrolled crying and repulsive, typical of a soap opera. A boy unbearable.

One night he came to me one of those addicted to The Game: George, the weeping, with whom I became personally never very friendly. It can be said that there was some tension between us, accentuated by the small size of our group if possible, we avoided ask favors. Their attitude irritated me weak and submissive, always took refuge after someone strong who could protect him, like a faithful dog to his master, unlike his loyalty was not really such. My biggest fear was that in an unguarded moment, someone else will find helpful in meeting your needs and give us the backstabbing. I even encourage my friend to get rid of him, but he, as an attentive father, who served was lord and protector of the weak creature, sometimes Andrew also played that role, but, as he could be trusted even less, the weeping used to seek shelter in My Friend. One of the prostitutes with whom I interacted told me a short story that perfectly illustrates this idea of ​​liberation and independence of the repudiated.

As she and a colleague were looking for customers, passed him a fat woman, dressed in elegant robes and sumptuous jewels, accompanied, or rather escorted by two handsome young men. The plump woman gave him a look of disgust and reproach, she clung tightly to his companions and fled away as fast as their heavy meats allowed. This is something that could never happen to me, because I depend on them and I worry about causing an impression, however, they, the well-integrated, long live appearance, in the face of public life. And many of us depend, some of them even feel compassion for the lonely wolves sewers. This encouraging thought became my Bible during the first two weeks of execution.

The other vice I chose as a sedative for my anxiety, brothels, also played a role, at least for a while. Sex was exhausting. In addition, there was always the appeal in the room talking to the prostitutes, an activity that provided me with hours of pleasant escape and helped me understand the hardships being suffered by not responding to the whims of fate but a logical necessity, empowering. Share my time with other people marginalized by society approached me understanding: they were the sick, the addicted, not us. We relied on our pleasant vices, including its repressive laws.

Who needs the happiness of a life controlled by others and pretended order may submit to the banality of fleeting pleasure and addictive? Drunk was undoubtedly the best way to escape this requirement.

When he drank he could avoid me and think of my longing. The snuff, by contrast, did not work. I served as a flight relaxing or even caused me pleasure, but the smell was annoying me and caused me irritation, proceed induciéndome a mean and violent. I very nearly enzarzara in a fight with my friend when he came to visit me, he wanted to persuade me to my word missing, so my reaction was not exactly exemplary. Before and lost no nerves. I indeed was a very quiet and peaceful. The murder only if I was betting stimulated by, if not so, beyond my understanding the reasons that drove the crime, did not understand why this act of madness and desperation. Naturally, I accepted the bet.

For this to win and get the coveted award euro effective method resorted to abandon the vices to forget my obsession. I surrendered to snuff, alcohol and, to counter with a little exercise harmful effects of those vices, I am also fond of the brothels. Let me be dominated by such defects, or pleasure, depending how you look, it was easy, but not exciting, joyful, but soon, I chased a wild lifestyle based on simplicity and the fleeting moment. However, the need constantly harassing me to test myself, to excite and become passionate as only he could gamble. Do not quite understand what my friend meant by that.

Beating vice by vice? I do not know. To me it seemed to me very strange, but never has given me very well think. He was smarter than me, always had been, and often was used against me, but not on any occasion reproached him. We were a team, he's head, I the body; the reason and force.

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